04
Nov
08

El Gigante que despierta…

diego1

Diego Armando Maradona, tenía doce años y acababa de meter un gol increíble. En una cancha poceada y de escaso pasto, habían quedado siete niños desparramados y cuatro boquiabiertos.


Con el deleite de sus goles parecía ridiculizar a los rivales. De noche dormía abrazado a la pelota, soñaba con jugar un mundial, de día el esférico le devolvía el afecto, pegándose a sus pies. Vivía en una casa humilde de un barrio pobre, aun así se daba el lujo de despilfarrar magia, repartiendo gambetas por doquier.

Diego creció encendiendo las canchas con sus artes malabares, resolviendo partidos con sus irrepetibles diabluras. Era incontrolable cuando jugaba, casi tanto como cuando hablaba. Irreverente, creativo, jamás se repetía en sus maniobras. Tenía la pelota amaestrada, siempre cosida al pie. Con sus quiebre de cintura desafiaba pronósticos, quebraba leyes físicas. Sus zurdazos eran inapelables, precisos, fulminantes. Fabricaba pases imposibles. Su humildad, entrega, pasión y dignidad, argumentaban su liderazgo. Rompiendo arcos o cediendo goles, demostraba que la fantasía también podía ser eficaz. Esta era una Imperdonable osadía para el futbol de fin de siglo, en el que se exige ganar y está terminantemente prohibido divertirse haciéndolo.

Tuvo relaciones carnales con las drogas, pero Diego Armando Maradona nunca se había dopado para potenciar su cuerpo. Jugaba mejor que nadie a pesar de la cocaína, y no por ella.

Desde hacía años Maradona venía cometiendo el pecado de ser el mejor, el delito de denunciar a viva voz las cosas que el poder manda callar. El crimen de jugar con la zurda, «al contrario de como se debe hacer», era una ofensa imperdonable tanto para los mercaderes del deporte , como para los ortodoxos fiurers del futbol de manual.

Él, que había nacido y vivido como un nadie, se vio acorralado por la gloria. Tenía la responsabilidad de trabajar de dios en los estadios. Diego llevaba una carga llamada Maradona, que le hacía crujir la espalda. Sometido a la tiranía del rendimiento sobrehumano, padecía la omnipotencia que su cargo le exigía. De repente se dio cuenta de que  no podía vivir sin la fama, la misma amarga dama que no lo dejaba vivir.

El mesías había sido convocado para revertir la historia del futbol  Italiano. Santa Maradona hizo ganar todo al humilde Nápoles. Tras la derrota en la guerra de las Malvinas, el 10 vengó a la argentina, con dos tantos. Uno con su mano, la de Dios, y otro surreal, dejando a los ingleses hundidos y fuera del mundial del 86. Cada anotación era una profanación del orden establecido y una revancha contra la historia.

El peso crecía, le dolían las piernas, no podía dormir sin pastillas. Empachado de cortisona, analgésicos y ovaciones, acosado por las exigencias de sus devotos y por el odio de sus ofendidos, Diego resistía, como había aguantado patadas de todo tipo. Cuanta más gloria amasaba más se autodestruía ¿no sería demasía para un simple mortal?

Agobiado por el peso de su propio personaje Maradona conqueteaba cada vez más con la cocaina. Sin embargo cuando parecía que su retiro de las canchas era ya un hecho, el 10 se vistió de bombero para salvar a la selección Argentina, que estaba quemando sus últimas cartuchos para llegar al Mundial 94. Gracias a el, la albiceleste llegó. Maradona tiraba con fuerza de la Argentina, estaba siendo otra vez  el mejor, hasta que estalló el escándalo del doping. El análisis delató efedrina y Maradona acabó mal su Mundial del 94.

El placer de derribar ídolos es directamente proporcional a la necesidad de tenerlos.

Hoy el gigante se vuelve asomar, levanta la mano y quiere hablar. A sus 48 años vuelve al rescate, disfrazado de salvador, aunque esta vez no se calzará los cortos.

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2 Responses to “El Gigante que despierta…”


  1. 1 Shimon
    abril 17, 2009 en 7:09 pm

    Que buenn articulo! Escrfibis muy bienn, te felicito. En pocas lineas resumiste la gloria yu la tragedia de un grande, uno de otro mundo. Gracias.


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